Texto narrativo realista😺:
Doña María del Pilar terminó de abrocharse el último botón de su aparatoso abrigo de piel de bisón antes de coger su enorme bolso a juego y salir a calle cerrando con llave la puerta de su casa tras de sí. Nada más salir ya notó el gélido y húmedo aire del invierno que tanto aborrecía. Comenzó a andar apresuradamente en dirección a la tahona de don Leoncio, que se encontraba dos calles más allá, ya casi eran las ocho y don Leoncio solía cerrar a esa hora. Con sus cortas piernas parecía un ratoncito huyendo de algún depredador. La forma de su boca y la expresión de sus ojos también se asemejaban en parte a los rasgo a de un roedor, cosa por la que los vecinos del pueblo en el que vivía le habían puesto el sobrenombre de "la ratona". A pesar de esto caminaba a pasos más o menos largos y constantes, en parte para lograr llegar a tiempo a comprar el pan y en parte para que nadie la reconociera, pues ella siempre había afirmado que una señora como ella no podría jamás rebajarse al nivel de una mujer cualquiera que va sola a la tienda para comprar comestibles. No, eso nunca, y menos con la complexión que ella creía tener, de mujer frágil y debilucha que apenas podía cargar dos libros a la vez. Según siempre le decían su madre y su abuela cuando era pequeña, hacía ya muchos años, salir a hacer la compra era solo para las criadas y las mujeres de poca clase. Por esto no quería que nadie la reconociese, para que no pensaran lo que no era.
Cruzó la calle hasta la acera en la que se encontraba la tahona. Don Leoncio estaba ya cerrando la envejecida puerta de madera de la pequeña tahona que regentaba su familia desde hacía ya mucho tiempo. Llevaba al menos tres bufandas de lana de vivos colores de las que le gustaba tejer a su mujer enrolladas alrededor del cuello, por encima de un recio abrigo marrón oscuro, ambos estaban manchados en algunas partes de harina, pues don Leoncio nunca se acordaba de lavarse las manos tras terminar de trabajar en la tahona y era siempre su mujer la que tenía que recordárselo tras llegar a casa. Las bufandas le cubrían la cara hasta la nariz y tuvo que quitárselas para poder hablar con doña María del Pilar.
- Pero, ¿qué ven mis ojos?¿Qué hace usted por aquí, y a estas horas?- dijo don Leoncio con un ligero tono de burla.
- ¡Pues ya ve! -dijo doña María del Pilar con su voz aguda - que esta mañana se ha olvidado Francisca de ir a comprar el pan.
- Pobre Paquita, que la tiene usted cargada de trabajo.
- ¿Pobre Paquita?¡Pobre de mí, que esa criada no hace más que darme disgustos!
- Bueno, ¿y qué venía usted buscando?
- ¿Qué voy a venir buscando a una tahona? Pues el pan hombre, el pan- doña María del Pilar frunció el ceño, lo cual acentuaba aún más sus facciones de roedor.
- ¿El pan?¿Pero no ve usted señora la hora que es? Ya se me han acabado todas las barras y hasta el lunes nada.
- ¿Será posible?- gritó doña María del Pilar y seguidamente se giró indignada y se dipuso a volver por donde había venido.
Doña María del Pilar volvió a cruzar la calle en dirección a su casa, con una expresión de altivez e indignación en su cara que hizo reír a don Leoncio. Por el camino se cruzó con Pepe, el mendigo del pueblo, que siempre deambulaba por las calles del pueblo hasta bien entrada la noche, en busca de alguna monedilla según él. Iba vestido como siempre, con una camisa marrón ra´da que algún día fue blanca y a la que le faltaban varios botones, de modo que siempre qedaba un poco desabrochada. También llevaba un pantalón que le quedaba pesquero y que estaba lleno de manchas de tierra. Caminaba con los pies descalzos, pero llevaba tantos años en esta situación que ya parecía haber desarrllado una especie de inmunidad a estar a la intemperie a los ojos de los vecinos del pueblo.
Doña María del Pilar tiró la moneda que había cogido para comprar el pan al suelo y le dijo al mendigo:
-Toma, que a ti te servirá mejor que al imbécil ese.
Pepe la miró con una ligera expresión de sorpresa y se agachó a recoger la moneda, que había caído a más de un metro de él.
- Gracias señora- dijo Pepe con cierto tono amargo.
- De nada hijo- respondió doña María del Pilar y acto seguido se apresuró a volver a su casa para no ser vista por sus vecinas. "Hablando con un pobre, qué bajeza", se dijo.
Doña María del Pilar terminó de abrocharse el último botón de su aparatoso abrigo de piel de bisón antes de coger su enorme bolso a juego y salir a calle cerrando con llave la puerta de su casa tras de sí. Nada más salir ya notó el gélido y húmedo aire del invierno que tanto aborrecía. Comenzó a andar apresuradamente en dirección a la tahona de don Leoncio, que se encontraba dos calles más allá, ya casi eran las ocho y don Leoncio solía cerrar a esa hora. Con sus cortas piernas parecía un ratoncito huyendo de algún depredador. La forma de su boca y la expresión de sus ojos también se asemejaban en parte a los rasgo a de un roedor, cosa por la que los vecinos del pueblo en el que vivía le habían puesto el sobrenombre de "la ratona". A pesar de esto caminaba a pasos más o menos largos y constantes, en parte para lograr llegar a tiempo a comprar el pan y en parte para que nadie la reconociera, pues ella siempre había afirmado que una señora como ella no podría jamás rebajarse al nivel de una mujer cualquiera que va sola a la tienda para comprar comestibles. No, eso nunca, y menos con la complexión que ella creía tener, de mujer frágil y debilucha que apenas podía cargar dos libros a la vez. Según siempre le decían su madre y su abuela cuando era pequeña, hacía ya muchos años, salir a hacer la compra era solo para las criadas y las mujeres de poca clase. Por esto no quería que nadie la reconociese, para que no pensaran lo que no era.
Cruzó la calle hasta la acera en la que se encontraba la tahona. Don Leoncio estaba ya cerrando la envejecida puerta de madera de la pequeña tahona que regentaba su familia desde hacía ya mucho tiempo. Llevaba al menos tres bufandas de lana de vivos colores de las que le gustaba tejer a su mujer enrolladas alrededor del cuello, por encima de un recio abrigo marrón oscuro, ambos estaban manchados en algunas partes de harina, pues don Leoncio nunca se acordaba de lavarse las manos tras terminar de trabajar en la tahona y era siempre su mujer la que tenía que recordárselo tras llegar a casa. Las bufandas le cubrían la cara hasta la nariz y tuvo que quitárselas para poder hablar con doña María del Pilar.
- Pero, ¿qué ven mis ojos?¿Qué hace usted por aquí, y a estas horas?- dijo don Leoncio con un ligero tono de burla.
- ¡Pues ya ve! -dijo doña María del Pilar con su voz aguda - que esta mañana se ha olvidado Francisca de ir a comprar el pan.
- Pobre Paquita, que la tiene usted cargada de trabajo.
- ¿Pobre Paquita?¡Pobre de mí, que esa criada no hace más que darme disgustos!
- Bueno, ¿y qué venía usted buscando?
- ¿Qué voy a venir buscando a una tahona? Pues el pan hombre, el pan- doña María del Pilar frunció el ceño, lo cual acentuaba aún más sus facciones de roedor.
- ¿El pan?¿Pero no ve usted señora la hora que es? Ya se me han acabado todas las barras y hasta el lunes nada.
- ¿Será posible?- gritó doña María del Pilar y seguidamente se giró indignada y se dipuso a volver por donde había venido.
Doña María del Pilar volvió a cruzar la calle en dirección a su casa, con una expresión de altivez e indignación en su cara que hizo reír a don Leoncio. Por el camino se cruzó con Pepe, el mendigo del pueblo, que siempre deambulaba por las calles del pueblo hasta bien entrada la noche, en busca de alguna monedilla según él. Iba vestido como siempre, con una camisa marrón ra´da que algún día fue blanca y a la que le faltaban varios botones, de modo que siempre qedaba un poco desabrochada. También llevaba un pantalón que le quedaba pesquero y que estaba lleno de manchas de tierra. Caminaba con los pies descalzos, pero llevaba tantos años en esta situación que ya parecía haber desarrllado una especie de inmunidad a estar a la intemperie a los ojos de los vecinos del pueblo.
Doña María del Pilar tiró la moneda que había cogido para comprar el pan al suelo y le dijo al mendigo:
-Toma, que a ti te servirá mejor que al imbécil ese.
Pepe la miró con una ligera expresión de sorpresa y se agachó a recoger la moneda, que había caído a más de un metro de él.
- Gracias señora- dijo Pepe con cierto tono amargo.
- De nada hijo- respondió doña María del Pilar y acto seguido se apresuró a volver a su casa para no ser vista por sus vecinas. "Hablando con un pobre, qué bajeza", se dijo.
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